MARTES | 29 de Julio de 2014
25.01.2013 |
EL ESPACIO DE ALBERTO BORRINI

Lo único que parece avanzar con el tiempo en la comunicación política es el espectáculo. Y en este punto, nadie supera a los norteamericanos, inventores del género.

  • Técnicamente fue, según la clasificación de Elihu Katz, un evento nacional, en el caso de Obama, que la televisión convirtió en internacional
  • Técnicamente fue, según la clasificación de Elihu Katz, un evento nacional, en el caso de Obama, que la televisión convirtió en internacional

 

La ceremonia de asunción del segundo período presidencial de Barack Obama fue un emotivo paradigma y digno cierre de unas campañas en las que los primeros electores a conquistar fueron las celebridades de la televisión, el cine y el teatro, que con contadas excepciones, como la de Clint Eastwood, apoyaron masivamente al candidato demócrata.

Con esta dualidad de la comunicación electoral actual, al día siguiente se recogieron tantos chismes del ámbito político como de la farándula. ¿El discurso, que superó las expectativas, fue demasiado progresista? ¿Beyoncé hizo playback con el himno? En realidad, la parte musical a cargo de la banda de la Marina, Beyoncé inluida, fue grabada el día anterior, como en asunciones anteriores en previsión de las sorpresas causadas por las bajas temperaturas.

Técnicamente fue, según la clasificación de Elihu Katz, un evento nacional, en el caso de Obama, que la televisión convirtió en internacional, y similar a otros mencionados por Katz, como las coronaciones de reinas y reyes, y las giras mundiales de grandes líderes sociales o políticos.

La política espectáculo contiene su propio virus, porque si se vende como espectáculo, el público no tolera que sea aburrido, y aquí comienzan los problemas de fondo, al menos en el mediano plazo, porque las ideas sin ningún aderezo tienen muy bajo rating, lo que obliga a reflexionar acerca de que si la aspiración que alguna vez tuvieron las campañas políticas, de promover a los mejores, estas quedaron rezagadas hasta que la sociedad entienda que de esa forma es poco probable que alguna vez gane el candidato mejor preparado para gobernar.

La comunicación política no llegó al matrimonio con el espectáculo de golpe, sino como natural desenlace de un proceso cada vez más alejado del razonamiento y entregado a la emotividad. En vísperas de la reelección de Ronald Reagan conversé en su cuartel de Nueva York con Tony Schwartz, consultor político demócrata convertido él mismo en una celebridad a raíz del escándalo provocado por “Daisy”, el comercial de la margarita que estrenó la publicidad política destructiva a nivel mundial. A “Daisy” le bastó una sola emisión en horario central de la televisión para herir gravemente al candidato rival Barry Goldwater. Los republicanos reaccionaron y el anuncio fue levantado de la tanda esa misma noche.

Estábamos en 1984 y Schwartz me dijo: “La política ya es teatro, la mejor prueba es que tenemos como presidente a un famoso actor”, frase que guardaba alguna relación con la siguiente: “No, ya no se envasa al candidato, ahora se envasa al público”. El tiempo le dio la razón. Con la televisión como aliada, el “envasado” de los votantes es cada vez más efectivo, pero no suficiente, al constatar los centenares de miles de ciudadanos que, en vivo y en directo, se aprietan anónimamente en manifestaciones, caminatas y concentraciones electorales, y en las ceremonias de asunción de los candidatos ganadores. Centenares de miles se dieron cita, hace un par de días, para asistir, en vivo y en directo, a la reelección de Obama en las vecindades de la Casa Blanca.

Claro que ni siquiera un actor tan popular, comprometido abiertamente con sus ideas y convertido en uno de los principales recaudadores de fondos de la campaña de Obama como George Clooney, puede salvar por sí sólo una campaña estratégicamente incoherente y si el candidato es nada más que un envase vacío. Hasta Reagan, más allá de su capacidad actoral, más aplaudida como presidente que como el Errol Flynn de segunda clase que fue en la pantalla, tenía un magnetismo y una capacidad de inspiración colectiva que lo convirtieron en uno de los presidentes más queridos y  recordados por el electorado.

“Si tu candidato no es auténtico, al final decepciona”, acaba de declarar en España Jim Margolis, uno de los líderes de la campaña de Obama. Algo de eso pudo ocurrirle a De la Rúa, cuya campaña fue muy superior al producto. Obama, pese a no tener la experiencia actoral de Reagan, es sin duda el mejor intérprete de sus ideas de su generación, sobre todo en el escenario que eligió. Siempre que haya ideas, acotaría Margolis.

No era fácil la parada para el presidente. El país clama por hechos, por acciones concretas que había prometido en su primera asunción, hace cuatro años, y que no pudo cumplir. Pero las palabras, cuando son bien dichas, con pasión y resultan creíbles, pueden convertirse en una poderosa forma de acción. Lo comprendió bien Obama y se ganó la esperanza del mundo; desde ahora tendrá que manejar sabiamente tanto el idioma de los hechos como el de los mensajes. Los dos son imprescindibles para que quede en la historia.

 

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