MARTES | 23 de Mayo de 2017
18.04.2017 |
EL ESPACIO DE ALBERTO BORRINI

El columnista de Adlatina rastrea los inicios de los cambios culturales que consideramos más novedosos. “Hubo mucho pasado en los adelantos científicos actuales, y mucho futuro en los que ya estamos viviendo casi sin sorpresa”, comenta.

  • Borrini: “Acaso sea la ansiedad por comunicarse lo que, desde tiempos inmemoriales, ha impulsado a los hombres a crear nuevos medios con los materiales de que disponían”.

Cualquiera de los llamados “nativos digitales”, incluso un chico que a los 10 o 12 años se siente un adulto tecnológico y por su destreza con el celular suscita la admiración de sus mayores, es incapaz de pensar que hubo vida en el planeta antes de que el pulgar, su pulgar, se convirtiera en el dedo que mueve al mundo que vale la pena conocer.
Soy consciente de que no lograré convencerlo de lo contrario, porque incluso en nuestra actividad específica, la publicidad y el marketing, los recursos digitales ya están a la cabeza del pelotón, causando tantas gracias como desgracias en la comunidad. Pero el tema de hoy no es éste, sino la presunta novedad de estos medios, es decir, si son tan nuevos como dicen o parecen.
Comenzaremos por rastrear los pergaminos de un prefijo que hoy se encuentre en muchas actividades: ciber-espacio, ciber-economía, ciber-ecología y sobe todo el más peligroso de todos, ciber-delito. Se trata del apócope de cibernética, y aquí asoma la primera sorpresa, por el término fue acuñado por el norteamericano Norbert Wiener, nacido en 1894, primero en mencionar la nueva disciplina. Como no había ninguna voz que representase las nuevas ideas al respecto, “me vi obligado a inventarla”, escribió en Cibernética y sociedad (Sudamericana, 1958, texto en español con antecedentes en inglés anteriores).
La tesis del libro es que “sólo puede entenderse la sociedad mediante el estudio de los mensajes y las facilidades de comunicación de que ella dispone”. En el futuro, siguió diciendo, desempeñarán “un papel cada vez más importante los mensajes cursados entre hombres y máquinas, entre máquinas y hombres, y entre máquina y máquina”. Este diagnóstico, predicción incluida, fue hecho siete u ocho décadas atrás.
La robótica, en una sociedad en que los drones son usados hasta por los entrenadores de fútbol, es un asunto del que se hacen eco cotidianamente periódicos y noticieros de televisión. Pero, ¿cuándo comenzó a llamarnos la atención? El libro más antiguo sobre el tema que tengo en mi biblioteca es La revolución de los robots (Eudeba, compendio de varios autores) traducido del original editado en alemán en… 1956). Uno de los convocados, Alwin Walther, tituló su trabajo “Las computadoras modernas, modelo y núcleo de una fábrica completamente automatizada”.
Walther reseña a continuación las distintas clases de computadoras existentes, los trabajos que se pueden hacer a una velocidad inimaginable con ellas, y pasa revista a uno de los primeros que, entre nosotros, adoptaron algunas empresas argentinas: el de fichas perforadas, inventado por el inglés Charles Babbage tan pronto como 1835 para mecanizar las labores de los telares de su país. Luego vinieron los cálculos que demandaban las empresas.
Los ensayos de las maravillas tecnológicas que ahora disfrutamos, primero lentos, pero luego de manera tan acelerada que no daban tiempo de pensar, son pruebas de que hubo mucho pasado en los adelantos científicos actuales, y mucho futuro en los que ya estamos viviendo casi sin sorpresa, e incluso reprochándoles que no hagan todavía todo lo que, caprichosamente, se nos ocurre exigirles. Uno de los mejores ejemplos en este aspecto de la relación del hombre con las máquinas, de las máquinas con los hombres, y de las máquinas entre ellas (y que a veces lleva a pensar si nosotros mismos, personas, nos estamos convirtiendo en otra clase de máquinas) es la enciclopedia digital Wikipedia.
Una de las columnistas del diario El País, de Madrid, Valeria Luiselli, actualizó el debate al calificar de “borregos cibernéticos” a los que buscan pelos en la sopa de Wikipedia, porque “no es ejemplo de rigor”. ¡Chocolate por la noticia! Si el mismo servicio lo reconoce al admitir que es colaborativo, editado por voluntarios que aportan lo que saben. Que no es fiable, ni preciso, e inconsistente en sus respuestas.
¿Entonces? Volvemos a la columna de Luiselli, la Wikipedia “ofrece, sobre todo, es un mapa de lo que los hablantes de una lengua incluyen y excluyen de su propia cartografía del conocimiento. Pensada así la Wikipedia es un archivo fascinante”. Para mí el servicio es un milagro en sí mismo: habla en 287 idiomas, maneja más de 37 millones de artículos y tiene registrados más 24 millones de usuarios.
Pero acaso sea la ansiedad por comunicarse lo que, desde tiempos inmemoriales, ha impulsado a los hombres a crear nuevos medios con los materiales de que disponían en ese momento histórico.
Las tabletas digitales que ahora son de uso común, tienen un remoto antecedente en las que, hace miles de años, surgieron en Uruk, hoy Irak, para trasportar contenidos informativos codificados. Eran rectangulares, como las de ahora, y estaban hechas de un material que abundaba en el lugar, la arcilla, fácil de formatear con las manos; en la que se marcaban señales y signos. Puestas a secar al sol, se solidificaban de manera de conservar las inscripciones. Fue nuestro amigo Joan Costa el primero en difundirlas, alentando así la duda de si hay algo realmente nuevo bajo el sol.

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