MIéRCOLES | 18 de Julio de 2018
27.06.2018 |
EL ESPACIO DE ALBERTO BORRINI

Borrini describe a los dos escritores como exitosos y cotizados, que cultivaron géneros y estilos diferentes.

  • En cuestión de días, desaparecieron el creador del Nuevo Periodismo, Tom Wolfe, y el inclasificable Philip Roth.

En cuestión de días, hace un par de semanas, desaparecieron el creador del Nuevo Periodismo, Tom Wolfe y el inclasificable Philip Roth, dos de los contemporáneos más representativos del periodismo y la novelística norteamericana.

Ambos muy exitosos, y cotizados, cultivaron géneros y estilos diferentes. Roth hizo una crónica exquisita pero a la vez despiadada, feroz, lujuriosa de la América oculta tras la máscara de la prosperidad, el puritanismo y una reprimida sexualidad que hizo de El lamento de Pornoy, el libro que lo consagró y le dio fama mundial, una lectura dolorosa, por momentos insufrible. Roth entiende su oficio “como un combate casi físico” con los prejuicios más arraigados de la sociedad de su tiempo.

Mientras que Wolfe se perfilaba como un maestro del periodismo investigativo, sin llegar a la categoría de genio, Roth en cambio fue un genial cruzado, un eterno guerrero de las letras difícil de clasificar pero que para algunos críticos evoca a grandes antecesores como los consagrados Dos Passos, Fitzgerald, Faulkner o Bellow.

Pero en una columna como ésta, enfocada en los avatares de la comunicación, insertas en un medio que se ocupa de sus variantes institucionales, la publicidad, el diseño gráfico y el marketing iberoamericanos, el protagonista no puede ser otro que Wolfe, casi tan famoso por sus desplantes ante la vida como por el objeto de sus amores y rencores.

Feroz critico de los intelectuales de izquierda y otras corrientes progresistas, convertido al nacionalismo más extremo, defendió la intervención en Vietnam, y se ensañó con colegas como Susan Sontag y especialmente con Norman Mailer, del que terminó por amigarse en vísperas de la desaparición del autor de Los desnudos y los muertos. Mailer fue, quizá, el que mejor lo definió: “Wolfe está condenado a escribir siempre un best seller y a padecer las consecuencias”.

Estas líneas enfatizan la figura de un Wolfe mundano, políticamente incorrecto, resplandeciente con sus pulcros trajes blancos, cortados por los mejores sastres del país. Fue lo que quiso ser desde el principio: un icono diferente, que disfrutaba creándose enemigos. Llegó a la cima de su éxito con La hoguera de las vanidades, un largo texto que Brian de Palma llevó al cine con Tom Hanks y Melanie Griffitt en los estelares.

Como muchos, quiero creer, yo comencé leyendo a Wolfe como profeta del Nuevo Periodismo, que practicó desde sus primeros escritos en revistas, y recién bautizó mucho más tarde, en la segunda mitad de la década de 1980. El nuevo periodismo fue editado por Anagrama, Barcelona, 1984, más de dos décadas después de haber comenzado a practicarlo en un artículo lleno de interjecciones, sonidos extraños (¡Vruumm, Rhgggg, Thphhhh!) y largas reiteraciones de vocales y consonantes, publicado en la revista Esquire.

La verdadera reforma que proponía Wolfe era liberar a las columnas y editoriales de los años 60 de la rigidez que los encorsetaba, para conferirles viveza, color, emoción, mediante la técnica de la conversación (“Cerrar la boca y escuchar a la gente”) y tratar a la nota periodística con recursos de la ficción. Por eso consideraba un elogio la crítica de que sus novelas eran más periodismo que literatura. Y lo que más reprochaba a sus adversarios era empeñarse en opinar y no saber escuchar.

 

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