LUNES | 20 de Agosto de 2018
20.04.2018 |
EL ESPACIO DE ALBERTO BORRINI

El colaborador de Adlatina comparte una nueva reflexión sobre sus observaciones cotidianas.

  • “Monedas y billetes nos identifican y diferencian a escala local y global”, dice Borrini.

Cuando advertí, por primera vez, que en la vereda de mi edificio se cruzaban distraídos transeúntes que no podían despegar la vista de sus celulares de última generación, capaces de mover cosas a la distancia como si tuviese poderes telepáticos, con el venerable vehículo del botellero que avanzaba despacio a su lado, por la calle, pregonando los objetos que compra y vende, me froté los ojos porque creí que había colmado mi capacidad de asombro ante los enormes contrastes, en el  tiempo y el espacio, que nos depara la vida cotidiana en una gran ciudad como Buenos Aires.
No me había repuesto aún de este suceso cuando la fiebre del Mundial de Fútbol trajo consigo la triunfal reaparición de las figuritas. En el fondo las mismas que nosotros teníamos que pegar con engrudo al álbum respectivos y que ahora, otra proeza de la tecnología, vienen autoadhesivas. Más curioso aún resulta que ya no las coleccionan solamente los chicos, sino también sus padres. No sé cuál será ahora la más difícil, la que tardaba en aparecer en el mazo; acaso sea la de Sampaoli, que incluso puede no llegar nunca si la selección defrauda las expectativas de medio país en pleno proceso electoral. Dios nos libre y nos guarde.
Pero está visto que vivo de sorpresa en sorpresa porque unos días después, al recibir el vuelto por un pago insignificante, recibí una moneda de cobre. Brillaba igual que las antiguas de mi niñez, sólo que aquellas valían dos centavos y éstas un peso. Las de antes servían para completar el pago de un pasaje en el tranvía Lacroze, 12 centavos, en cambio éstas, pese a valer diez veces más, nadie se molestaría si tropieza con ella en la calle.
Tal vez convenga, llegados a este punto, hacer una breve digresión sobre la historia menuda del dinero en nuestro país, porque refleja como pocas otras cosas lo que nos sucede, al menos desde que tengo memoria. Nadie, y menos un jubilado, discutiría su protagonismo. Nadie tampoco conoce con certeza su origen. Desde chico sabemos, por pura observación familiar, que hay que pagar por lo que necesitamos y consumimos. Nada es gratis, pero ¿cómo comenzó todo?
Según los especialistas el dinero, en su forma más primitiva y antediluviana, tenía un carácter religioso, bajo la forma de ofrendas y tributos a los falsos intermediarios espirituales de turno. Llamativo, se me ocurre, porque el dinero en esa época era más intangible de los que lo sucedieron al menos hasta la llegada del bitcoin.
Pero los más escépticos de esa época inmemorial, comenzaron a prescindir de dudar de los intermediarios que prometían preservarlos de terremotos, maremotos y otras  calamidades, con escaso éxito, y se armaron hasta los dientes con hachas, garrotes y lanzas para derribar a los dinosaurios y convertirlos en duros bifes de chorizo.
Volviendo al dinero en nuestro propio presente y circunstancia, es fácil constatar que como en otras partes, las ofrendas religiosas se fueron mezclando y convirtiendo en objetos de todavía impreciso valor reconocible pero de carácter simbólico, desde herramientas, armas y útiles de labranza hasta semillas y plantas milagrosas con el propósito de producir riqueza.
Moneda de cobre. Nunca se fueron de todo porque siguieron circulando musicalmente en un tango del mismo nombre que popularizó Ricardo Tanturi cuando su vocalista era Alberto Castillo.
Más allá de lo anecdótico, y de asumir una vez más que la vida es una calesita de errores y aciertos que no alcanza para enmendarnos, en términos más profundos y emotivos la historia del dinero es la historia del país, incluso de la patria. Monedas y billetes nos identifican y diferencian a escala local y global. No importa cómo los fuimos llamando desde la época de la colonia: reales, escudos, billetes, patacones, pesos, australes… Importa que la moneda siga gozando de la memoria histórica que suele faltarnos y nos recuerde en silencio a nuestros héroes y mayores hazañas humanas, sociales, artísticas y científicas.
Y acaso importe también que el dinero haya vuelto a conjurar a la naturaleza, como al principio, en billetes con imágenes de la flora y fauna autóctonas. Nos recuerdan el privilegiado legado natural que recibimos, y que debemos preservar y si es posible aumentar para los que nos suceden.

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