Publicidad > Argentina | REFLEXIONES LIGERAS
Redacción Adlatina |
Decídase, ¿quiere?
Este es un tiempo de decisiones rápidas. Los que demoran, dudan, sopesan, titubean o dilatan, entorpecen a los raudos y los “hacedores”. Y, sin embargo, la toma de una decisión no debe evaluarse muchas veces con el reloj sino con un análisis descarnado de sus consecuencias.
Por Edgardo Ritacco (*)
Usted, paciente lector, cuántas veces habrá escuchado cosas como estas:
“Gutiérrez es un tipo muy capaz. Pero le falta decisión para ocupar ese puesto”
“Decidíte de una vez. La vida no da tantas oportunidades”.
“Yo cuando me decido a hacer algo no hay nadie que me haga cambiar”
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Su majestad la decisión.
Palabra casi mágica para los tiempos de hoy. El que decide es el que manda. El que decide es el que sabe elegir más rápida y sabiamente que los demás. Hay diarios y revistas para gente que decide. Servicios de Internet para la toma de decisiones. Decidir pronto es el verdadero ícono de estos tiempos llenos de íconos.
No pregunte demasiado por el resultado de la decisión. La gente suele quedarse con la cáscara (la velocidad en la toma de una actitud) y tirar el contenido (las consecuencias de esa determinación).
¿Le suena absurdo? En buena medida lo es. Pero ¿quién lo discute?
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Es evidente que en ciertas actividades la decisión rápida es rigurosamente obligatoria. Un árbitro de fútbol (o de cualquier otro deporte) debe juzgar y decidir casi simultáneamente al momento de ver una acción del juego. Una demora suele ser fatal: desde las tribunas, o en las casas frente al televisor, la gente dirá: “Tardó una hora en tocar el silbato. Fue todo un invento”. Porque demorar, en esos casos, puede ser un equivalente a sopesar las conveniencias de un fallo, cosa que, por supuesto, siempre suena a sanción acomodaticia e injusta.
En la conducción de un vehículo, una indecisión puede costar la vida del dubitativo. Ese segundo de más que se demora en asomar la trompa del auto para pasar al que lo precede en el camino puede representar los metros que después le faltarán para esquivar al que viene en sentido contrario. Decidir rápido es ahí imprescindible... siempre y cuando la decisión esté bien tomada.
Pero en muchos otros escenarios el ícono de la decisión veloz es solamente eso: un mero elemento de la mitología contemporánea.
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Mario Bunge, filósofo argentino radicado desde hace 35 años en Canadá, donde es profesor de la Universidad de McGill, escribió una vez un pequeño ensayo titulado Elogio de la indecisión. Allí decía que “si la libertad consiste en poder decidir lo que uno quiere, entonces la libertad es también el poder de no tomar una decisión cuando uno no desee tomarla”.
Es decir, abundaba Bunge, “ser libre es poder ser indeciso cuando a uno se le antoje, con razón o sin ella”.
Pero la sociedad ha condenado, lenta e inexorablemente, al cultor de la duda, tal vez desde los tiempos del filósofo medieval Buridan (que cita también Bunge), cuyo asno, un día, debió elegir entre dos haces idénticos de heno. La mirada del burro fue de un montón al otro, y como no percibió ninguna diferencia entre ambos, no pudo tomar una decisión. Como resultado, murió de hambre.
Pero el proceso de la toma de decisión es bastante más delicado que la perplejidad de un asno frente a un par de manojos de heno. Hay varios factores decisivos en la decisión: con qué información se cuenta, qué experiencias similares se ha vivido (o no), qué capacidad de abstracción tiene el individuo, y –último pero no tanto– qué ración de sentido común le ha sido otorgado en el momento de nacer.
La información siempre juega en relación inversa al tiempo con que se cuenta. Demás está decir que quien quiere informarse cabalmente de algo, no será galardonado esa vez por la sociedad como “un decisor rápido”. O, peor aún, puede ser tachado de dubitativo, dudoso, vacilante, irresoluto, titubeante, inseguro, fluctuante... En una palabra, de indeciso.
Obsérvese bien que toda esa lista de sinónimos tiene una connotación definidamente negativa para quien cargue la cruz de esos motes. ¿Quién confiaría sus finanzas a un contador titubeante?, por ejemplo. ¿Quién trabajaría tranquilo bajo la batuta de un jefe vacilante? ¿Quién se animaría a elogiar a un futbolista irresoluto? ¿Quién elegiría a un candidato dudoso para un puesto en el gobierno?
Y sin embargo, la duda no debería ser asociada a lo negativo de la naturaleza humana. Pienso, luego existo. Dudo, luego soy capaz de pensar y de existir. Los que no dudan nunca son Dios o son necios. Como en este planeta no hay dioses carnales, habrá que concluir que quienes tienen respuesta para todo, rápida y segura, sin pestañeos ni vacilaciones, son rotundos necios.
Porque cuanto menos se sabe, menos se intuye la cantidad de terreno desconocido por la mente.
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Paradójicamente, hay un momento en la vida de las sociedades modernas en donde el indeciso deja de cargar con las cruces merecidas e inmerecidas, y se convierte en el rey de la selva, el supremo reservorio del orden, el todopoderoso.
Es en los días previos a buena parte de las elecciones que se disputan en la Tierra.
En esos momentos, los partidos políticos que pelean la mayoría en las urnas se vuelcan con fervor inédito a “conquistar a los indecisos”. Adaptan sus mensajes a lo que –intuyen– prefieren los indecisos. A veces terminan diciendo lo mismo, unos y otros, con tal de cortejar a los que siguen en la duda.
Los encuestadores relativizan sus resultados cuando ven que, por ejemplo, el partido A tiene un 30 por ciento de adhesiones, el partido B tiene el 24, y hay un 18 por ciento de indecisos. “En sus manos está el fiel de la balanza”, redundan los analistas políticos. “Tal vez sólo decidan su voto en el propio cuarto oscuro”, dramatizan otros, sabiendo que esa es una de esas informaciones grises que nadie puede probar... ni desmentir.
Por cierto que los encuestadores han tratado de quebrar la indecisión de los indecisos, obligándolos, en lo posible, a decidirse por un candidato o partido “más cercano, más afín” a sus pensamientos. O indagando su voto anterior, para después atar cabos.
Es en ese momento cuando el indeciso genuino, el cultor de la libertad de no elegir bajo presión, el fanático acérrimo del “no me apuren si me quieren sacar bueno”, se abroquela en su armadura pectoral y responde: “Me gustan un poco los dos”, o bien, “En realidad, los detesto por partes iguales”.
Allí el pobre recolector de datos toma su birome y hace una resignada cruz en la casilla de no sabe, no contesta.
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Volvamos finalmente a Bunge. Hablando precisamente de los indecisos electorales, reprodujo en su trabajo este ingenioso diálogo del humorista Verísssimo filho, entre dos organizadores políticos en vísperas de una elección que se anunciaba reñida:
-Nuestro futuro depende de los indecisos.
-Pero, ¿se puede confiar en los indecisos?
-¿Qué otra cosa podemos hacer?
-¡Qué país! La decisión está en manos de los indecisos. Precisamente el segmento de la población que menos vocación tiene para decidir...
-Si por lo menos nuestros indecisos fuesen más... tu me entiendes...
-¿Decididos?
-Eso.
-Entonces no serían indecisos, sino decididos. Y el 40 por ciento de los decididos está a favor de...
-Ya lo sé, ya lo sé...
-Es necesario emprender una campaña dirigida especialmente a los decididos (...) Regalos con el mismo logo, para que ellos no tengan que decidirse.
-Porque, si se decidieran, pasarían de indecisos a decididos, y entonces perderíamos las elecciones.
-Pero si siguieran indecisos...
-Ahí estaríamos perdidos...
(*) Director periodístico de EL PUBLICITARIO.