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Redacción Adlatina |
Fernando Vega Olmos reflexiona sobre la capacidad del Festival Internacional de Creatividad de movilizar hasta la fibra más sensible dentro de uno.
Por Fernando Vega Olmos
Cannes no es de pasear; es de pasar.
Te veo pasar y me veo a mi.
Veintiséis años, excitado, sin haber dormido mucho la noche anterior por la ansiedad. Tratando de absorber todo al mismo tiempo.
Eso que después se llamó FOMO.
Cinco días que pueden cambiar tu vida.
Todos soñamos con eso.
Y lo hacemos porque puede pasar.
Pasar. Va a pasar. Que me pase ya.
La indescriptible sensación de la escalera.
David Ratto decía que tu carrera era como subir una escalera. Un peldaño, otro, otro…
Hasta que de repente unos de esos escalones es un trampolín que te impulsa hacia el cielo.
Cannes es tu trampolín.
Pero no se trata sólo de los metales.
Pasar al shortlist es más difícil que ganar un premio.
Aprendé a encontrar tu trampolín en Cannes.
Diez manzanas a la redonda donde está el mejor talento del mundo de las ideas.
Conocé gente distinta a vos. Sapos de otros pozos.
Y seguí en contacto con ellos cuando vuelvas a tu charco.
Lo bueno y lo malo pasa en Cannes.
Lo que importa es que te quede.