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Pamela Vilches |

Facundo Manes: “El reto es lograr que el progreso tecnológico contribuya a una vida más humana”

El neurólogo, neurocientífico y escritor, Facundo Manes, brindó la conferencia “Más humanos en la era de la IA: la ventaja humana”, donde invitó a reflexionar sobre lo que distingue a las personas de las máquinas. Además, aportó consejos para llevar una vida más saludable a nivel mental.

Facundo Manes: “El reto es lograr que el progreso tecnológico contribuya a una vida más humana”
Manes abordó los procesos cerebrales detrás de la creación, la toma de decisiones y los riesgos del uso excesivo de la tecnología.

El primer día del Congreso Más Cartagena, el neurólogo, neurocientífico y escritor Facundo Manes disertó en la charla “Más humanos en la era de la IA: la ventaja humana”. Allí invitó a reflexionar sobre aquello que distingue a las personas de las máquinas. La creatividad, la empatía, la curiosidad y el pensamiento crítico fueron algunos de los ejes de una exposición que también abordó los procesos cerebrales detrás de la creación, la toma de decisiones y los riesgos del uso excesivo de la tecnología.

La IA está transformando la manera de trabajar, crear y tomar decisiones. Pero, frente a una tecnología capaz de asumir cada vez más tareas cognitivas, la pregunta central no debería ser si las máquinas llegarán a superar a las personas, sino qué es aquello que nos hace humanos.

“Yo no voy a hablar de la inteligencia artificial, voy a hablar de la inteligencia humana, del ser humano”, planteó Manes al comienzo de su exposición. Desde su experiencia de más de tres décadas dedicada al estudio del cerebro, propuso analizar las capacidades humanas que siguen teniendo un papel central en un contexto de aceleración tecnológica y los desafíos que esta transformación representa para la sociedad y el mundo del trabajo.

Para el especialista, la revolución actual se diferencia de las anteriores porque ya no se limita a reemplazar el esfuerzo físico. Mientras que las revoluciones industriales previas modificaron las tareas manuales, la IA comienza a intervenir sobre las habilidades cognitivas.

“Las revoluciones industriales previas reemplazaron nuestro esfuerzo físico; esta revolución tecnológica está reemplazando nuestro trabajo cognitivo”, señaló. En ese escenario, la fascinación y el temor que despiertan estas herramientas pueden convertirse en una oportunidad para revisar cómo se define el valor humano.

“Quizás, en esta etapa, la pregunta fundamental no es ser mejores que las máquinas, sino convivir con las máquinas, con la tecnología. La pregunta fundamental es: ¿qué nos hace humanos?”, sostuvo.

La creatividad como proceso, no como inspiración

Uno de los ejes de la exposición estuvo dedicado a la creatividad, una capacidad especialmente relevante para los profesionales de la industria publicitaria y de las comunicaciones. Manes explicó que, aunque todavía no se conoce por completo cómo crea el cerebro humano, la neurociencia ha identificado determinadas condiciones que favorecen el desarrollo de nuevas ideas.

-En primer lugar, destacó la preparación, entendida como el conocimiento, la experiencia y la capacitación acumulados a lo largo del tiempo. La inspiración, en ese sentido, no alcanza por sí sola para producir algo novedoso.

“En términos de creatividad, la inspiración es para amateurs”, afirmó. Y agregó que la preparación requiere años de aprendizaje y práctica, porque cada persona desarrolla capacidades específicas a partir de su recorrido profesional.

-La segunda etapa es la incubación: un período en el que una persona permanece enfocada en un problema durante horas, días o semanas. Según explicó, esa dedicación permite establecer asociaciones entre ideas y áreas del cerebro que antes no estaban conectadas.

-Después llega la iluminación, ese momento en el que una solución aparece cuando la persona parece estar desconectada del problema. Manes señaló que el cerebro continúa trabajando durante el sueño y en momentos de descanso, cuando se activa una red cerebral vinculada con la actividad mental espontánea.

Para ilustrar este proceso, mencionó el descubrimiento de la estructura cíclica del benceno, que el químico Friedrich August Kekulé relacionó con una imagen onírica, y la melodía de Yesterday, de Paul McCartney, que el músico recordó después de soñarla.

Los ejemplos le permitieron a Manes reforzar una idea: esos momentos de inspiración no surgen de la nada, sino que se apoyan en una preparación previa y en un período de trabajo mental sobre el problema.

Sin embargo, el proceso creativo no termina con la aparición de una idea. También es necesario validarla. En ese punto, Manes destacó la importancia de perder el miedo al error, una conducta que, según advirtió, suele castigarse tanto en las familias y las escuelas como en las empresas.

“Nadie crea algo importante sin haberse equivocado muchas veces”, sostuvo.

La ventaja humana frente a la inteligencia artificial

Al abordar las capacidades que actualmente diferencian a las personas de las máquinas, Manes mencionó la curiosidad, la empatía, el pensamiento crítico, la resiliencia, el juicio ético y las habilidades sociales. Son competencias que hoy tienen un valor particular en un mundo en el que la inteligencia artificial puede resolver tareas y producir contenidos a gran velocidad.

Sin embargo, el neurocientífico evitó presentar esas diferencias como una ventaja permanente. Reconoció que las máquinas podrían llegar a superar a los seres humanos en algunas de esas capacidades.

La cuestión, entonces, no pasa por competir en todos los terrenos ni por medir el valor de las personas exclusivamente a partir de su rendimiento. Para Manes, la vida humana comprende dimensiones que exceden la resolución de problemas, los cálculos y la producción.

“La inteligencia artificial puede escribir un poema de amor, pero no puede enamorarse”, afirmó. También señaló que una máquina puede redactar un discurso para un funeral, pero no puede abrazar a una persona que acaba de perder a un ser querido.

Con esos ejemplos, el especialista puso el foco en la experiencia emocional, los vínculos y la capacidad de conectar con otros. Su planteo no niega las posibilidades de la tecnología, sino que propone ampliar la discusión sobre el progreso para incluir aquello que no puede medirse solamente en términos de eficiencia.

“Quizás las máquinas lleguen a hacer las cosas mejor que nosotros, pero eso no significa que nuestras vidas valgan menos”, sostuvo.

Y sintetizó su visión sobre el desafío de esta época: “No es construir solamente máquinas más inteligentes, es construir un mundo en el que esa inteligencia artificial nos permita vidas más humanas”.

El costo de la hiperconectividad

Hacia el final de la charla, Manes amplió la reflexión sobre la relación entre tecnología y bienestar, con especial atención al uso de las redes sociales y los dispositivos digitales.

Para explicar por qué los cambios de comportamiento pueden tardar en instalarse, comparó la situación actual con la historia del tabaquismo. Recordó que, pese a la evidencia sobre los efectos perjudiciales del cigarrillo, durante décadas fumar fue una práctica socialmente aceptada e incluso asociada con determinados atributos positivos.

A su entender, algo similar puede ocurrir con el uso excesivo de las pantallas. Aunque ya existen evidencias sobre sus posibles efectos en la salud mental, el conocimiento científico no se traduce automáticamente en cambios culturales.

Manes contó que procura limitar su exposición a las redes sociales y advirtió que el contenido que las personas consumen puede intensificar estados emocionales negativos. También señaló la importancia de prestar atención a las adicciones comportamentales, como el uso compulsivo de plataformas digitales y servicios de mensajería, y a los mecanismos de recompensa que determinadas experiencias activan en el cerebro.

En ese marco, vinculó la discusión con un concepto más amplio: la salud cerebral. Para el especialista, cuidar el cerebro no implica solamente atender enfermedades neurológicas, sino también considerar el impacto de los hábitos, el descanso, las emociones y las relaciones sociales.

En este último punto, recordó que el cerebro es un órgano profundamente social y destacó los riesgos asociados con la soledad crónica. La posibilidad de construir vínculos y mantener relaciones significativas, explicó, forma parte de las condiciones necesarias para el bienestar humano.

La reflexión final de Manes devuelve la discusión sobre la IA a una dimensión que trasciende la innovación tecnológica. En una industria acostumbrada a medir resultados, optimizar procesos y buscar nuevas formas de producir, su exposición propuso volver a poner en el centro a las personas: cómo piensan, cómo crean, cómo se relacionan y qué necesitan para desarrollar su potencial.

En definitiva, la ventaja humana no debería entenderse solamente como aquello que las máquinas todavía no pueden hacer. También supone decidir para qué se utilizan esas herramientas y qué lugar se quiere reservar para la creatividad, la empatía, el pensamiento crítico y los vínculos. Porque, en la era de la inteligencia artificial, el desafío no es únicamente producir más o resolver problemas con mayor velocidad, sino lograr que el progreso tecnológico contribuya a una vida más humana.