La Comunidad vio la luz de la mano de los hermanos José y Joaquín Mollá en noviembre de 2000. En ese momento, José Mollá trabajaba junto a Dan Wieden, quien lo había invitado, cinco años antes, a unirse a Wieden + Kennedy para trabajar para Portland, Ámsterdam y Londres. Algo que, para la época, José Mollá asegura que era “impensado”.
Cuando José Mollá dejó W+K para fundar su propia agencia, le preguntó a Wieden: “¿Cómo hizo esto?”. La respuesta fue: “No tenía la menor idea. Intuyo que usted debe seguir lo que le dictan sus tripas”, recordó Mollá, al abrir la Ad Age’s Small Agency Conference, en 2016, en Miami. “Para mí, fue el mejor consejo que alguien me dio una vez”, agregó en ese entonces. “Eso me liberó. Uno no necesita un plan detallado”.
Antes de W+K, José Mollá se había desempeñado como director creativo de Ratto BBDO. A lo largo de su carrera, ganó premios, fue jurado en los principales festivales del sector y sirvió como miembro de la Junta Directiva de The One Club, en Nueva York.
En 2014, la agencia se unió a SapientNitro, lo cual le permitió ampliar su oferta en branding, digital, capacidades comerciales y tecnológicas. En la actualidad, el mayor de los hermanos Mollá pasó a dedicarse de lleno a Plural Doers Hub, una productora de contenido.
¿Cuál fue el primer momento en el que entendió que la creatividad iba a ocupar un lugar central en su vida?
Cuando a los cinco años agarré un lápiz negro y me comí el viaje de que era una nave espacial explorando el universo.
¿Quiénes fueron sus principales referentes cuando empezó en la industria?
En esta profesión es clave formarte trabajando para gente a la que admirás.
Tres personas influyeron mucho en mi trayectoria.
Al primero nunca lo conocí: mi abuelo Luis José Mollá, quien además de mi nombre completo me dio mucha inspiración. Fue el fundador de la agencia Exitus en 1919, una de las más grandes y antiguas de la Argentina, hasta que cerró a finales de los 70, cuando él ya no estaba. Se hicieron cosas icónicas en su agencia, como la cabeza de Geniol, que todavía se sigue usando hoy en la comunicación de la marca. Él fue quien trajo al afichista Achille Lucien Mauzan a la Argentina. Me pasaba horas en los archivos del diario La Nación viendo los avisos que mi abuelo hizo para los electrodomésticos Siam, los autos Di Tella, las galletitas Bagley, la óptica Lutz Ferrando y muchas marcas icónicas de la época.
Los otros dos legendarios de los que aprendí mucho fueron David Ratto y Dan Wieden: tuve el privilegio de trabajar cinco años con cada uno
Hablaba de la inspiración de su abuelo, a quien no conoció. ¿Qué aprendizajes de su infancia o de su historia personal siguen influyendo en su manera de trabajar?
Siempre agradecí haberme formado profesionalmente en la Argentina. Es un país impredecible y emocional, que te instaura la mentalidad de hacer mucho con muy poco.
Si tuviera que identificar una experiencia que haya marcado su carrera, ¿cuál sería?
Recibir en mi oficina de Ratto un llamado personal de Dan Wieden invitándome a ir a trabajar a su agencia en Portland, Ámsterdam y Londres. En esa época era impensado.
¿Qué recuerda de los inicios de The Community?
Siempre digo que, si abrís tu propia agencia, no hay que contar con nada de lo que hiciste antes. Lo único y más preciado que tenés en ese momento es tu convicción. Y eso nunca nos faltó.
Mirando hacia atrás, ¿cuál fue el mayor acierto en la construcción de la agencia?
Mi primer gran acierto fue haber hecho todo el proyecto con mi hermano Joaquín. Juntos creamos una fuerza imparable. También, como yo ya había pasado cinco años en los Estados Unidos, me había hecho estadounidense y había aprendido cómo funcionan las corporaciones acá, se nos ocurrió abrir en Buenos Aires y en los Estados Unidos al mismo tiempo. Esa combinación de ingenuidad y frescura argentinas con el profesionalismo estadounidense nos dio una ventaja competitiva que en su momento era única.
El orden de cómo hicimos las cosas también estuvo bien. Primero nos enfocamos en crear la cultura interna y la percepción de la agencia. Después creamos la empresa. Y finalmente el negocio. Por muchos años nos importó muy poco el dinero. Todo estaba enfocado en producir ideas. Si ganábamos dinero extra, lo usábamos para producir más cosas internas. Siempre tuvimos una noción inconsciente de lo importante que era crear y alimentar una cultura única, que inspirara pertenencia y orgullo a cada comunitario.
Por otro lado, cada vez que recibíamos un brief la pregunta interna no era “qué hay que hacer para resolver esto”, sino “qué es lo mejor que podemos hacer con este proyecto”. Cuando llegábamos a una idea buena, seguíamos y seguíamos. Hasta que ya no había más tiempo y elegíamos la mejor de todas para desarrollar. Ese sutil cambio en la pregunta interna implicó un gran cambio de actitud. Y es la diferencia entre los 6, 7 y 8 o llegar a los 9 y 10.
¿Y cuál fue el error más importante? Ese que muchas veces termina convirtiéndose en un gran aprendizaje.
Nuestro timing estuvo lejos del ideal. Abrimos la agencia el año en que colapsó toda la economía argentina (cinco presidentes en once días, corralito, etcétera) y en que ocurrió el atentado a las Torres Gemelas en los Estados Unidos. Había mucha incertidumbre y mucho miedo, sobre todo en el mundo corporativo. Todos dejaron de invertir y el negocio paró totalmente por unos cuatro meses. Nos miramos con Joaco y dijimos: “Ok, lo bueno es que nunca va a ser peor que esto, así que de ahora en más todo va a ser bueno”.
Cometimos varios otros errores, como abrir en Londres con creativos no ingleses. O sumar al proyecto a gente que no era la indicada.
¿Qué lo sigue inspirando hoy?
Abrir y manejar una agencia te da una visión mucho más grande del negocio. Me encanta la parte de entender la esencia única de una marca y fijar los cimientos estratégicos para crear todo después. También me siguen inspirando las ideas que nunca se le ocurrirían a un algoritmo.