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COLUMNA DE OPINIÓN

Cuanto más digital es el mundo, más valor tiene lo que no se puede digitalizar

Analía Cánepa, CEO y fundadora de Ostara, sostiene que las empresas no deben elegir entre lo digital y lo presencial, sino entender qué rol puede cumplir cada uno y, sobre todo, qué hace que una experiencia valga la pena.

Cuanto más digital es el mundo, más valor tiene lo que no se puede digitalizar
Cánepa: “Cuanto más digital se vuelve nuestra vida, más valor adquieren los momentos en los que estamos presentes”.

Por Analía Cánepa

CEO y fundadora de Ostara

Trabajamos, compramos, aprendemos, nos entretenemos, conocemos personas y construimos vínculos a través de una pantalla. La tecnología hizo que casi todo sea más inmediato, accesible y escalable, pero al mismo tiempo, seguimos eligiendo ir a un recital, recorrer una feria o asistir a un evento para encontrarnos con otros. Cuanto más digital se vuelve nuestra vida, más valor adquieren los momentos en los que estamos presentes.

Vivimos expuestos a recomendaciones algorítmicas, videollamadas y herramientas de inteligencia artificial que amplían nuestras posibilidades de conexión y simplifican buena parte de nuestra vida cotidiana, pero hay una dimensión de la experiencia que necesita de la presencia.

Los números acompañan esa convivencia. Un reciente informe de PQ Media difundido por la Cámara Argentina de Anunciantes en junio de 2026, ubica la inversión global en marketing experiencial en casi US$139.000 millones proyecta un crecimiento superior al 10% para este año . Además, hay otro aspecto del informe que resulta incluso más interesante: parte del crecimiento de las experiencias B2B está vinculado a eventos que incorporan inteligencia artificial y componentes digitales. Es decir, la tecnología no está desplazando al encuentro, está transformando la manera de diseñarlo.

Y para las marcas, el valor no se limita a convocar personas a un mismo lugar. Según EventTrack 2026, un estudio realizado sobre más de mil marketers y asistentes a eventos, el 61% de los consumidores afirma estar más predispuesto a comprar después de participar de una experiencia en vivo. Claramente la presencialidad también puede intervenir en los negocios, pero también en la forma en que una persona conoce, entiende y se relaciona con una marca.

Desde el marketing experiencial hay algo que aprendemos una y otra vez. Una experiencia funciona cuando se le da a las personas un motivo para involucrarse, mientras que lo digital puede llevar esa experiencia más lejos, amplificarla, convertirla en contenido, extender la conversación y hacerla llegar a quienes no estuvieron ahí. Por eso, pensar una experiencia física como lo opuesto a una estrategia digital ya resulta limitado.

En Ostara lo vemos especialmente en los eventos que producimos para nuestros clientes. Muchas veces, el valor de una experiencia no termina en el contenido, la puesta o la convocatoria, sino en lo que sucede entre las personas que participan. Cuando un encuentro habilita conversaciones, genera vínculos, acerca intereses comunes o incluso abre nuevas oportunidades de negocio, la experiencia empieza a trascender el evento en sí.

El desafío para las empresas no es elegir entre lo digital y lo presencial, sino entender qué rol puede cumplir cada uno y, sobre todo, qué hace que una experiencia valga la pena. Porque cuando casi todo puede hacerse desde una pantalla, lograr que una persona decida estar, participar y vincularse con una marca en el mundo real también exige ofrecerle algo que justifique esa elección.

Redacción Adlatina

por Redacción Adlatina

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