Por Fernando Vega Olmos
Todo empezó cuando productos sin ningún diferencial comenzaron a exigirnos encontrar ángulos novedosos para intentar llamar la atención.
Todo bien cuando esto se hacía emocionalmente y usando la cuota de humor imprescindible.
Pero la cosa escaló hasta que desarrollamos propósitos de marca que intentan marca lo fundamental que era esa marca para mejorar la vida humana.
Sí, un yogur podía salvar al mundo.
Y entonces nosotros empezamos a exagerar sin humor, sin empatía, sin emoción.
Y las marcas, que son nada más ni nada menos que la emoción que hay entre un producto y una persona que lo elige, nos pidieron más y más en el arduo intento de ser relevantes culturalmente.
Nos volvimos los campeones de la exageración para todo.
Hoy comienza Cannes. La exageración sublimada. Una ciudad distópica tomada por gigantes comerciales que han convertido cada centímetro cuadrado en un mensaje comercial.
Hoy comienza el ganar o desaparecer.
Intentarán convencerte de esto.
Dejame decirte que es mentira.
Tu reputación y prestigio no puede estar manos de jurados trasnochados y exhaustos.
No permitas que te hagan eso.
Tu valía está en la gente. Que elijan tus cuentos e historias de una marca, las amen y las hagan propias.
Te deseo que ganes.
Pero si no ganás, te deseo que no seas un salame.
El mundo de las ideas es demasiado excitante para reducirlo a las opiniones de personas que hacen de jurados sin tiempo, contexto y profundidad.
Feliz Cannes colega.
Has trabajado muy duro. Te merecés estar acá y disfrutar.