El debate sobre la IA suele empezar en el lugar equivocado. Hablamos de la herramienta, cuando deberíamos hablar del pensamiento que la guía. La IA no piensa. Reorganiza patrones, cruza datos, replica estructuras. Amplifica lo que ya existe.
Y ahí es donde se vuelve incómoda.
Cuando el repertorio es superficial, el resultado también lo es. Cuando el contexto está mal leído, la salida es genérica. Cuando la pregunta es débil, la respuesta puede sonar sofisticada, pero no se sostiene.
La IA no crea de la nada. Revela.
Revela la prisa disfrazada de eficiencia.
Revela la confusión entre velocidad e inteligencia.
Revela la ausencia de pensamiento crítico.
En muchos casos, estamos usando la IA como un atajo para no pensar. Como una muleta para evitar decisiones que exigirían más escucha, más duda, más responsabilidad. El problema no es que la máquina produzca demasiado. El problema es que nosotros reflexionamos cada vez menos.
En estrategia y creatividad, pensar nunca fue llegar rápido. Siempre fue llegar bien. Y eso exige tiempo, contexto y curiosidad.
La curiosidad, de hecho, tal vez sea la habilidad más importante de un estratega. Más que frameworks, herramientas o presentaciones impecables. Curiosidad para observar el mundo, entender a las personas, cuestionar verdades fáciles y formular mejores preguntas.
La IA no tiene curiosidad. No cuestiona lo obvio. No comprende el impacto humano de una decisión.
Solo responde a lo que recibe.
Por eso, el rol del estratega se vuelve aún más relevante. No como operador de prompts, sino como curador de preguntas. Como alguien que protege el tiempo para pensar y asegura que la tecnología se use con criterio, contexto y conciencia.
Lo mismo aplica al liderazgo. Tal vez una de las mayores responsabilidades de quienes lideran hoy sea garantizar que la IA no sustituya aquello que nunca debió ser delegado: el pensamiento crítico, el juicio y la ética.
No se trata de elegir entre humano o máquina.
Se trata de decidir quién está al mando.
La pregunta no es si la IA va a reemplazar a creativos, estrategas o profesionales del marketing. La verdadera pregunta es si la usaremos para evitar la incomodidad de pensar de verdad.
Y eso, ninguna tecnología puede resolver por nosotros.