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SXSW 2026

No perder el “human touch”: emociones que nos unen, emociones que venden, por Ximena Díaz Alarcón

En un festival obsesionado con el futuro, una advertencia se repite en casi todas las charlas: si la inteligencia artificial nos hace la vida demasiado fácil, quizás termine empobreciendo algo muy humano, que es nuestra capacidad de ser originales y nuestra capacidad de convivir con otros. Y no es una preocupación menor.

No perder el “human touch”: emociones que nos unen, emociones que venden, por Ximena Díaz Alarcón
"Más que una fascinación ciega por la tecnología, lo que se escucha en Austin es casi un llamado de atención a no perder la conexión con otros ni con uno mismo", dice Díaz Alarcón.

Por Ximena Díaz Alarcón

CEO y confudadora de Youniversal

Los distintos especialistas señalan un riesgo claro. Si nos acostumbramos demasiado a sistemas diseñados para darnos siempre la razón, disponibles las 24 horas y sin fricciones, podemos perder algo muy propio de las relaciones humanas: la capacidad de tolerar la demora, la incomodidad, las contradicciones y la complejidad de interactuar con otros.

Por eso, más que una fascinación ciega por la tecnología, lo que se escucha en Austin es casi un llamado de atención a no perder la conexión con otros ni con uno mismo. Recordar que a pesar de la tecnología que nos rodea y a veces invade, seguimos siendo sujetos con capacidad de acción y no simples marionetas de los sistemas que creamos.

En una de las conversaciones más comentadas del festival, la psicóloga Esther Perel, especialista en vínculos e intimidad, dialogó con Spike Jonze, director de la película Her. Allí dejó una frase que quedó resonando: nunca estuvimos tan conectados y al mismo tiempo tan poco disponibles. Hablar con alguien mientras miramos el celular transmite una señal clara: lo que damos es  atención residual, no presencia verdadera. Y si nadie está completamente a salvo de ese hábito, hay que reconocer que tiene consecuencias. Como dijo Perel, la soledad moderna no es la ausencia de gente sino la falta de profundidad en los vínculos. Estamos creando un mundo lleno de interacciones, pero con poca intimidad real.

Hablando de la incomodidad de lo humano también apareció Larry David, quien presentó su nueva serie sobre la historia de Estados Unidos. En ella participa como testigo de distintos momentos históricos y ofrece consejos tan absurdos como muy propios de su humor, como sugerirle a Lincoln que vaya al teatro para relajarse. David siempre fue un observador brillante de las interacciones sociales y de las pequeñas reglas no escritas que organizan la convivencia. Una de las preguntas más celebradas del público fue cuánto tiempo es aceptable sostener la puerta del ascensor para alguien que viene caminando. Una obsesión muy del universo Seinfeld y Curb Your Enthusiasm que, en el fondo, habla de lo mismo: las microtensiones que aparecen cuando convivimos con otros.

Por último, otra de las presencias que revolucionó Austin fue la de Steven Spielberg. A sus años sigue mostrando una vitalidad impresionante y una pasión intacta por el cine. Contó su frustración por no haber visto nunca un extraterrestre, habló de su próximo estreno y defendió algo que para él sigue siendo irremplazable: la experiencia de ir al cine. Ese momento en el que entramos a una sala oscura y, rodeados de desconocidos, nos emocionamos al mismo tiempo es algo que no deberíamos perder.

En ese contexto, tres cosas empiezan a adquirir un valor enorme: el tiempo, la atención y la confianza. Y ninguna de ellas se construye en el corto plazo. Exigen paciencia, continuidad y la decisión de ir más allá de la lógica inmediata de comprar y vender. Algo que debería seguir inspirando a empresas, marcas y creadores de contenido si no quieren perder su “human touch”.

En distintas formas, muchas de las conversaciones del festival terminaron apuntando hacia lo mismo. La idiosincrasia, la originalidad, la pasión y hasta la imperfección siguen siendo atributos profundamente humanos que hacen que las audiencias conecten con creadores, con marcas y con  mensajes. En un mundo cada vez más mediado por sistemas diseñados para optimizarlo todo, esa conexión se vuelve aún más valiosa. Porque lo que realmente nos conmueve no es la perfección, sino el poder que tienen los otros para afectarnos: la posibilidad de emocionarnos, incluso con lo incómodo; de aceptar nuestras propias contradicciones; de sentirnos reflejados en aquello que nos gusta y, ojalá también, en marcas capaces de expresar esa humanidad imperfecta pero auténtica.

Seguir emocionados, vitales, apasionados. Incluso obsesionados con lo que amamos y también con lo que nos irrita. Atentos a lo que sentimos y a esos mensajes que nos devuelven el espejo imperfecto pero auténtico de nuestra humanidad.

Tal vez el desafío de esta época no sea hacer a la inteligencia artificial más humana, sino asegurarnos de que nosotros no dejemos de serlo.

Redacción Adlatina

por Redacción Adlatina

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