¿Qué expectativas tiene para el 2026?
Para 2026 vemos un escenario menos eufórico y más exigente. Las marcas van a tener que demostrar criterio, no solo velocidad. Nuestro foco en Youniversal va a estar en acompañar a equipos de marketing, innovación y liderazgo a leer mejor el contexto, tomar decisiones más informadas y diseñar estrategias que resistan la volatilidad. Menos tendencias tomadas de catálogo y más trabajo de interpretación cultural, señales tempranas y escenarios posibles. Creo que hoy el desafío no es anticipar “qué viene”, sino entender qué cambia, qué se mantiene y qué conviene no hacer.
La aceleración de la IA ya es indiscutible. En este marco, la autenticidad humana aparece como un súperpoder o factor diferencial clave. ¿Cómo prevé que seguirá evolucionando la colaboración entre IA y factor humano?
Sin dudas, la IA va a seguir ganando terreno en eficiencia, automatización y escala. El punto crítico es que eso no garantiza relevancia. Ahí es donde lo humano se vuelve estratégico: criterio, sensibilidad cultural, lectura del contexto, toma de decisiones con consecuencias. En Youniversal vemos a la IA como una aliada potente para procesar información y detectar patrones, pero la diferencia la sigue haciendo quién interpreta, quién elige y desde qué valores. Lo humano tiene que estar presente con su aporte único.
En esta época del año suelen aparecer diversos informes de tendencias, que van desde el aumento del cortoplacismo hasta la búsqueda de conexiones reales y la rehumanización. ¿Cuáles considera que serán las principales tendencias a tener en cuenta?
Más que una lista de tendencias, vemos un escenario donde las marcas van a tener que demostrar, de forma muy concreta, qué entienden por valor. En América Latina eso está profundamente atravesado por temas de accesibilidad: económica, simbólica y de experiencia. La promesa de marca, más que nunca, tiene que sentirse. No alcanza con declararla si después no se verifica en el producto, en el servicio, en la atención o en la experiencia cotidiana.
En un contexto donde los límites entre lo real y lo generado son cada vez más borrosos, la marca vuelve a funcionar como ancla de sentido y confianza. Eso implica hacerla valer desde decisiones consistentes y experiencias bien diseñadas, no solo desde el relato. Al mismo tiempo, aparece un desafío clave en el uso de la pauta y la tecnología: saber dónde estar, cómo estar y cuándo no estar. La IA va a ser una aliada potente, pero mal utilizada puede generar distancia, saturación o ruido. El criterio (tanto en la inversión como en el uso de herramientas) va a ser más diferencial que nunca. Las marcas que logren combinar escala con sensibilidad, eficiencia con contexto y automatización con experiencia humana van a ser las que construyan vínculos más sólidos en un entorno cada vez más incierto.