MARTES | 16 de Octubre de 2018
20.09.2018 |
INFORME ESPECIAL

(Por Edgardo Ritacco, director periodístico de Adlatina.com) – La cuestión de la libertad de expresión en la web se ha puesto tensa en los últimos tiempos. En Estados Unidos han aparecido personajes que, con un discurso inflamado y a menudo desquiciado, mueven a sus seguidores en las redes a adoptar actitudes xenofóbicas, irracionales y peligrosas para el cuerpo social. En estos días, el caso de Alex Jones motivó su prohibición de la plataforma de Twitter y desató un escándalo político.

  • El iracundo Jones exige a sus seguidores “ser más viriles y estar mejor armados para sobrevivir”.

Después de tomarse un tiempo más que prudencial, Twitter resolvió excluir de sus plataformas a un hombre que venía poniendo a prueba hasta dónde llegan los límites a la expresión en internet. Fue después de que, por enésima vez, Alex Jones interrumpió con gritos y abucheos a un reportero de la CNN, Oliver Darcy, en pleno Capitolio.
La decisión de la red social volvió a poner en escena a un tema muy controvertido en el mundo de las redes: cuál es el plafond que debe tener el libre juego de opiniones en esos medios. Twitter fue la última en excluir totalmente a Jones, luego de que YouTube, Facebook y Apple lo penalizaran antes por sus videos y contenidos de su sitio InfoWars. Los shows de Jones han adquirido notoriedad en los últimos tiempos, y no es para menos: el hombre había llegado a decir que los tiroteos masivos en las escuelas norteamericanas son una farsa y que las víctimas que muestra la televisión tras esos sucesos son en realidad actores. Ese tipo de declaraciones indignó a gran parte de los estadounidenses, que desde la elección de Donald Trump están cada vez más sensibles a la aparición y acción de los grupos de ultraderecha. Jones atizó sus argumentos con duros calificativos a las personas trans y el uso de un lenguaje despectivo al hablar de la ex primera dama Michelle Obama (la trató de “hombre”).
Mientras aparece este tipo de personajes en la vida política de Estados Unidos, se vienen redoblando los esfuerzos para reprimir las cuentas de redes sociales que asedian a la gente y difunden deliberadamente información errada. En este último punto las miradas se vuelven al presidente Trump, que insiste desde antes de su elección en que el país está invadido por las fake news (falsas noticias) que el jefe de estado señala en las redes y sobre todo en los medios periodísticos, a los que acusa casi a diario de intentar boicotear por esa vía al gobierno republicano. Así, diarios con larga tradición de buen periodismo (comenzando por The New York Times y el Washigton Post) son a menudo objetos de los ataques de Trump, que los viabiliza especialmente a través de sus crónicos posteos de Twitter.
Jones tenía 90.000 seguidores en su ahora desaparecida página personal de Twitter, y 400.000 en la cuenta de InfoWars. Otras cuentas asociadas con InfoWars, como PrisonPlanetTV, han compartido el video de Jones que mostraba su choque con Darcy, el notero de la CNN.

Xenofobia y campañas sucias
El conocido columnista free-lance Randall Colburn atacó frontalmente a Jones al escribir que Twitter “había finalmente hecho el trabajo que la retórica xenófoba y las campañas sucias de Jones contra los padres de los niños asesinados en los tiroteos en las escuelas venían mereciendo desde hace mucho tiempo. Ahora, que se ha quedado virtualmente sin ninguna red social importante donde volcar su trastorno mental, Jones debería ver a su estrella desaparecer en la irrelevancia”.
En un video se lo puede ver a Jones con una máscara de asno adoptando un chirrido de un demonio de caricaturas mientras presenta una “Operación 666”, que describe así: “El 6 de agosto prohibimos a InfoWars en 27 plataformas. ¡Y ahora en septiembre lo erradicamos de Twitter! ¡Y el 6 de octubre vamos a destruir a su presidente e incendiar a cada ciudad importante de Estados Unidos, para lanzar a nuestras fuerzas comunistas al ataque, mientras Silicon Valley se esconde en sus bunkers de Nueva Zelandia, en medio del océano!”.
En otro mensaje, unos demonios de mente frágil se conjuran dolorosamente después de devorar decenas de “pociones milagrosas”, como las que repartían los buhoneros para remediar todas las enfermedades. Allí Jones declaraba la guerra “contra sus genéticas, sus almas y sus familias”. El lunático terminaba su amenaza urgiendo a sus lectores a “aceptar sus muertes en el infierno”.

Los efectos de la prohibición
Al prohibir sus mensajes, Twitter dijo: “Hemos tomado esta acción basados en los tuits y videos que violan nuestra política sobre las conductas abusivas, además de las pasadas violaciones de sus cuentas anunciadas vía Twitter”.
Esa no fue la primera vez que Jones infringió las reglas de la red social. A principios de agosto, el CEO de la red, Jack Dorsey, había defendido la decisión de su compañía de no eliminar a Jones de sus filas –a pesar de la creciente presión social– afirmando que no había violado “ninguna de sus reglas”. Una política que debió cambiar precipitadamente después del choque que aquél tuvo con el reportero de la CNN. Pero pocos días después, los usuarios informaron que Jones había alentado a los espectadores del sitio Periscope a tener preparados sus “rifles de batalla”, razón por la cual su participación fue “suspendida” en esa plataforma. Pero ahora la prohibición de Twitter es permanente.
“Esta es una instancia definitiva después de años de inacción y medidas limitadas de una compañía que se ha enorgullecido de formar el ala más avanzada del partido de la libre expresión”, razonó Taylor Lorenz, de The Atlantic.
Muchos se preguntan qué significa realmente la prohibición de Jones en los medios sociales. Lo cierto es que después de proclamar que su prohibición en Twitter y Facebook “sólo lo hará más fuerte”, Jones comprobó que en la realidad ocurría lo contrario: el tráfico de su website se derrumbó después de entrar en vigencia la prohibición, un signo que muchos interpretaron como que el mejor remedio contra las plataformas extremistas es extirparlas de la circulación. Con Twitter, sobre todo, Jones conseguía acceso a nuevos consumidores de la web (que conforman gran parte de los ingresos de la red).
En 2016, el activista y ex editor de Breibart News Milo Yiannopoulos (un fanático propulsor de la candidatura de Trump) fue prohibido en forma permanente por Twitter después de realizar una campaña de acoso contra la actriz Leslie Jones. El octubre último, Roger Stone, un asesor del presidente, también fue baneado de Twitter por acosar y amenazar a varios conductores y comentaristas de la CNN. Un mes después, un ex empleado de BuzzFeed –el activista de extrema derecha Tim Gionet– también fue prohibido de Twitter por repetidas amenazas y comentarios racistas. Sugestivamente, las búsquedas en Google del apellido Gionet cayeron significativamente después de su prohibición en Twitter. “Alex Jones es una figura pública mayor de lo que fue Gionet, pero ahora ha perdido su última plataforma sobreviviente. Es un paso”, comentó Lorenz.

Millones en juego
En este presente borrascoso, son muchos los que advierten que la pendenciera posición de Jones no tiene solamente un obvio fin de provocación, sino también un costado muy lucrativo. “La cuestión es si el apoyo implícito que Jones recibió del presidente Trump, que ha canalizado sus falsos y engañosos reclamos y se ha hecho eco de sus quejas contra las compañías tecnológicas, será suficiente para librarlo de sus actuales problemas. Ha enfrentado a una opinión pública y redes sociales que reconocen en él una seria amenaza, no sólo por su capacidad de injertar lo extraño en la corriente principal del país, sino también por el negocio lucrativo que ha construido”, afirma Lorenz.
Jones gusta describir a su canal digital, InfoWars, como un medio de difusión, y se escuda repetidamente en la Primera Enmienda. Pero lo cierto es que InfoWars es una tienda online que su propietario usa para vender mercaderías. Sus ingresos provienen sobre todo de la venta de una valija “mágica” llena de productos destinados a promover la salud y la supervivencia, que Jones pregona constantemente.
Una mirada a su carrera muestra que Jones ha sido tanto un emprendedor astuto y no convencional como un agitador ideológico. Adaptó cambios producidos en el clima político y en el negocio de medios, mientras probaba (y generalmente violaba) los límites de un discurso público aceptable.
Durante más de dos décadas, Jones –que ahora tiene 44 años– ha conformado una audiencia de seguidores enojados, generalmente blancos y varones, a quienes amenaza con la cercanía de una forma de Apocalipsis y les exige ser “más viriles y estar mejor armados para sobrevivir”.
Lo económico siempre estuvo detrás de la escena. Su insight es que quienes lo siguen forman también un mercado cautivo para la variedad de artículos que él promueve a través del website de InfoWars y su programa radial. Paradójicamente, esos productos servirían para apaciguar los temores que él mismo pregona.
Hacia 2014, según su propio testimonio ante las cortes, sus operaciones producían ingresos de más de 20 millones de dólares por año. Informes a los que accedió el New York Times muestran que la mayor parte de sus entradas de ese año provenían de la venta de productos como el Super Male Vitality, que afirma aumentar la testosterona, o el Brain Force Plus, que promete un “super cambio” en las funciones cognitivas.
Y sus problemas personales se están multiplicando. Tiene que responder por varias denuncias por difamación, y también otras quejas por discriminación en los lugares de trabajo, un caso de fraude y una batalla obscena que protagonizó con su ex esposa ante la justicia.
Todo lo cual forma un cóctel tan explosivo como su personalidad, que se apoya en el ciego fanatismo de quienes siguieron durante muchos años su verba inflamada. Pero Jones no es el único caso: hay numerosos imitadores de sus parrafadas incendiarias en todo el collar de la web. Habrá que ver si con medidas como la que adoptó Twitter se pueden neutralizar a estos profanadores de la tranquilidad pública.

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