Marta Minujín es una señora próxima a cumplir 70 años. Vive en Recoleta, se tiñe el pelo de rubio y el año que viene cumple las bodas de oro con su marido, el economista Juan Carlos Gómez Sabaini con quien se casó muy joven y tuvo dos hijas que le dieron nietos. Ese podría ser el resumen biográfico de una persona bastante estereotipada. Un ama de casa con una buena posición económica. Sin embargo, es imposible condensar la vida de Marta Minujín en tres líneas. Para tener una idea, solo una parte de su obra ocupa un enorme espacio en el MalBa que, en estos días, desborda de su espíritu en todos los rincones y terrazas. Son en total más de 100 obras que concentran su producción de las décadas de los años ´60, ´70 y ´80.
Según Victoria Noorthoorn, la curadora de la muestra, “el objetivo principal de esta exposición es acercar al público la complejidad, coherencia y densidad crítica de una obra que conocemos poco, y enfatizar su pertinencia contemporánea”.
Para aportar un contexto, conviene posicionar a Minujín en la historia del arte. Hasta principios del siglo XX, las artes visuales se limitaban a la bidimensión; a la pintura, al dibujo y tal vez a la fotografía. La escultura siempre fue una vecina extraña de la bidimensional pintura. La arquitectura estaba más lejana aún. Pero a Marta le tocó protagonizar los ‘60, que vieron nacer y desarrollar el nuevo realismo, el pop, el arte conceptual, el arte de la performance, el happening, el arte de los medios, el videoarte, la psicodelia y el arte de acción. Fue la misma década en la que Argentina transitó períodos de dictadura y violencia y que, a nivel internacional, estuvo signada por Vietnam, los hippies y el mayo francés. Un cóctel de hechos más que interesante, que Marta supo explorar y explotar.
Citando nuevamente a la curadora, la muestra pretende “incitar al espectador y al lector a contemplar las dos caras de Marta Minujín. No solo
Un viaje al más allá de la pintura
Una pared roja con el nombre de la artista en enormes letras blancas abre la muestra. Una vez adentro, nos reciben en el espacio un par de óleos bastante coloridos de 1960. Como es norma en la mayoría de los artistas, Marta comenzó pintando (y sigue pintando) a pesar de que sus obras más famosas son las que tienen que ver con la experiencia. Si bien se trata de una obra bidimensional y plana, los títulos de las pinturas hacen referencia a dos piezas musicales: Las 4 Estaciones de Vivaldi y Música acuática de Haendel. ¿Qué estoy insinuando con esto? Que a pesar de que Minujín presenta solo las pinturas, en su adolescente cabeza ya resonaba la idea de las experiencias multisensoriales, materia en la que se va a transformar en experta.
Las siguientes piezas con las que nos encontramos son una serie de obras también planas pero con mucha textura, realizadas entre 1960 y 1961. Estamos en lo que podríamos denominar su período informalista abstracto. Alberto Greco (1931-1965) es el referente (y amigo) para la artista durante este período. Su influencia se puede ver con claridad en el conjunto. Pero Minujín no se detiene por mucho tiempo en este estilo, sino que sigue adelante incorporando relieves y cartones de cajas a las telas para comenzar su invasión del espacio tridimensional. Este muro, entonces, se constituye en el preludio que nos va a llevar desde lo apenas rugoso hasta sus primeras incusiones en una pintura mutante que no es plana, que invade el espacio, que pide más participación y exige preguntas a quien la observa.
El principio de la experiencia
Si bien esporádicamente va a hacer alguna pintura bidimensional, a partir de este punto la cronología de la muestra da un giro importantísimo: Minujín, con sus apenas 21 años, empieza a construir una obra cuyo sentido se articula a partir de la experiencia del espectador. De lo performático, se intenta esquivar toda categorización. Este momento la artista lo vive en París y toma contacto con el Nouveau Réalisme (Nuevo Realismo). Los artistas comienzan a trabajar en el espacio real y en tiempo real -ya fuera de lo pictórico-. Este período se ve reflejado en los primeros tramos de la muestra por una serie de obras-objeto compuestas por pedazos de colchones pintados con intensos colores flúo, colgados de paredes y techos componiendo orgánicas formas tridimensionales. En 1962, Marta declara estar desesperada con la rigidez de los relieves duros, hasta que incopora el colchón de la cama al bastidor, haciéndolo tomar vida con su trabajo. La materia prima de esta obra estaba “muerta” de verdad, ya que se trata de colchones usados que recoge en los alrededores de viejos hospitales. Ahora lo vemos como algo cool, pero no puedo dejar de imaginar los olores que tendrían estas piezas detrás de sus coloridas formas.
Es en estos años también que comienza a forjarse el personaje mediático de Marta. Una extraña de pelo rubio y grandes anteojos negros que aparece en revistas, en diarios y en la televisión repitiendo contagiosamente la frase “arte, arte, arte...”. Quiero detenerme en esos enormes anteojos negros que no nos dejan ver sus ojos, una parte esencial de su expresión. Minujin elije filtrar lo que ven sus ojos y darle más importancia a otros sentidos expandiendo la noción de artes visuales. Así nos cautiva desde lugares mucho más poderosos que la vista. Desde lo táctil, desde el uso de olores, desde los sonidos, desde la experiencia completa.
La destrucción
Es una casualidad que los objetos mencionados hasta este momento hayan llegado a nuestros días ya que luego de una muestra que realizó en París, Minujín llevó a cabo una acción que pasó a la historia como fue La destrucción. La artista colocó sus obras en un terreno baldío e invitó a sus colegas a intervenirlas y a destruirlas, para luego prenderlas fuego. En esta época Marta comienza a vincularse con grandes artistas como Christo, quien participa de esta acción "envolviendo" a la artista. Sobre el final de la performance, la artista se libera de este embalaje y, según sus palabras, libera “pájaros que volaban y conejos corriendo entre la gente. Los colchones que despedían ese olor a pluma quemada y a pintura chamuscada (compusieron) una sucesión de imágenes orgiásticas incontrovertibles. Las sirenas de los bomberos nos alejaron rápidamente del lugar y fue así que en medio de la excitación más total finalicé mi primer happening". Esta fue la primera de una serie de acciones por las cuales la fama de esta artista comenzó a crecer. Su relato de los happenings es muy importante. De hecho es lo único que queda junto con algunas fotografías, en el mejor de los casos películas, notas en los diarios y documentación. Como ella misma dice: “Mis obras duran un día, una semana o un mes. Después… no tiene sentido que permanezcan. Para eso están las fotos, o las películas o las grabaciones”. Eso es mayormente lo que vemos en las salas del MalBA, restos. En la muestra -que recomiendo enfáticamente ir a ver- esta cuestión está muy bien resuelta con una serie de pequeñas pantallas en las que aparece Marta vestida de negro sobre fondo negro, con sus Ray Ban y su rubia cabellera, relatándonos estos hechos en primera persona.
Restos, reconstrucciones y presencia humana
La exhibición tiene un nivel de densidad tal que resulta casi imposible verla completa en una sola visita. Están reproducidas y documentadas muchas de sus intervenciones y experimentos como Simultaneidad en simultaneidad. Una experiencia mediática de tres artistas en tres países conectados en vivo por televisión. Otra experiencia de vanguardia con la que nos topamos son las ruinas del Minuphone, una cabina de teléfono americana de la década del 60, al mejor estilo superagente 86, en la que discando números aparecen luces, sonidos. Los vidrios de la cabina se colorean e incluso se libera gas helio, lo que modifica la voz de la persona que experimenta la obra. Se exhibe la proyección de un documental en blanco y negro sobre
La muestra continúa
No alcanzan las páginas de esta nota ni un piso completo del MalBA para albergar 30 años de trabajo de la incansable Minujín. Cuando creemos que la muestra termina al final del recorrido, y luego de haber visto, escuchado y leído una cantidad abismal de materiales, nos encontramos con una nueva pantallita (esta vez con parlantes en lugar de auriculares), que nos muestra a la artista luciendo unos antejos oscuros de marco azul con luces que parpadean y que nos hablan, para indicarnos que la muestra continúa en una sala del primer piso y en el patio de esculturas. En la sala se exhiben más planos, dibujos, textos, fotografías y videos de las obras de gran escala. Como Obelisco acostado, una reproducción a escala 1:1 del obelisco recostado que envió a
En la terraza del primer piso se encuentran las clásicas esculturas facetadas que a todos nos resultan muy familiares desde que le vendió esta imagen hace años a Tafirol, un medicamento para el dolor de cabeza.
Para seguir investigando
Junto con la exposición, Malba editó un importante libro de 300 páginas, bilingüe español – inglés, con la reproducción a color de las obras representadas en la muestra. El catálogo es casi una guía de usuario para recorrer la muestra, con textos e imágenes que expanden y explican lo que se puede ver en las salas. Contextualizan e intentan darles un poco más de vida a todos estos hechos históricos. Al extenso texto central de Victoria Noorthoorn se le suman una completa y compleja biografía escrita por Javier Villa, una bibliografía de Cristina Blanco, quien fue la encargada de ordenar una gran cantidad de documentos que resultan esenciales en esta muestra. Y, tal vez lo menos poético pero más útil, una sección llamada Obras, con textos de Jimena Ferreiro Pella que describen lo más objetivamente posible cada una de sus obras. Una edición de lujo que le pone el broche de oro a una exhibición impecable. ¡¡¡Arte, arte, arte!!!