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Publicidad Argentina | EL ESPACIO DE ALBERTO BORRINI

Por Alberto Borrini |

La Big Data hace superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual

El columnista de Adlatina reflexiona sobre la dificultad actual de informarse y cita al filósofo surcoreano Byung Chul Han.

La Big Data hace superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual
Borrini: “Pese a la extraordinaria cantidad de información a la que estamos expuestos diariamente, me queda la frustrante impresión de que cada vez sabemos menos lo que realmente pasa”.

¿Por qué será que, pese a la extraordinaria cantidad de información a la que estamos expuestos diariamente, me queda la frustrante impresión de que cada vez sabemos menos lo que realmente pasa? Estamos sobresaturados de las dos vertientes principales de la comunicación: la editorial, cuyos canales parecen multiplicarse sin freno con la ayuda de adelantos tecnológicos que ni siquiera nos atrevíamos a soñar una generación atrás, y la publicitaria, que nos tienta con miles de mensajes que nos incitan a comprar diciéndonos que mientras consumamos seguimos existiendo y pagando impuestos.

¿Por qué será que empiezo a alarmarme debido a que lo realmente importante no pasa por los medios de difusión, sino por carriles a los que tenemos difícil o ningún acceso? ¿Que durante muchas entrevistas con periodistas improvisados o interesados básicamente por el rating lo que importa es lo que intercambian, acallados los micrófonos y las cámaras, entre los que acaban de dejar la escena? ¿Qué dirán sin testigos?

Estamos en la era de la posverdad, nada es sólido y muchos ni siquiera se dan cuenta de que mienten. La verdad a veces se esconde tras adjetivaciones exageradas; términos como único, mago, genio, mejor o impar se prodigan generosamente, y fuerzan nuestro propio criterio.

Hay pocas cosas que escapen a la contradicción; las grandes marcas dicen que les va mejor que nunca, pero por otro lado los analistas alertan de que han perdido credibilidad. No son realmente emprendedores todos los que lo parecen; hay jóvenes de menos de 30 años que ganan millones en pocos meses, pero como en el juego Monopoly con la misma velocidad los pierden sin que nadie se preocupe por cerrar el relato.

Para colmo, desde el Papa hasta Google están preocupados por la proliferación de las falsas noticias, que envenenan la vida de los receptores a veces con la excusa de entretenerlos y acallar su aburrimiento. Los hackers son cada vez más temibles y dañinos, y su habilidad para entrar y revelar lugares secretos va en aumento. Una manera de ponerlos en vereda la encontraron en Holanda donde están reclutando “hackers éticos” con un programa de reinserción que los obliga a seguir siendo ciberdelincuentes, pero legalmente al servicio de empresas tecnológicas y empresas atacadas anónimamente desde los medios digitales.

En este marco tan crítico e incierto, me sentí identificado con el filósofo surcoreano Byung Chul Han, para mí completamente desconocido hasta aquí, que el diario El País de Madrid presenta como un destacado diseccionador de la sociedad del hiperconsumo, bajo la sentencia “el infierno de lo igual”. “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”, tituló su estudio. Para Han, “la gente se vende como auténtica porque “todos quieren ser distintos de los demás”. La Big Data “hace superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual”. Estamos en pleno dadaísmo: el hombre ya no es soberano de sí mismo sino el resultado de una operación algorítmica que lo domina sin que lo perciba.

Y remata: “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede, y si no se triunfa, es culpa de uno”. Específicamente sobre el tema que nos reúne y debate, Han, actualmente profesor de la Universidad de Berlín, asegura que estamos en una fase debilitada de la comunicación como nunca: “Sin la presencia activa del otro, la comunicación degenera, las relaciones se reemplazan con conexiones”. Los cambios son tantos y tan rápidos que nos abruman; es hora de reaccionar con el retorno a viejos valores que extrañamos íntimamente aunque no queremos pasar por obsoletos al confesarlos.

Alberto Borrini


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